“Estoy a punto de dar a luz”.
Nunca imaginé que la frase que debía provocar pánico, ayuda, manos corriendo hacia mí, terminaría flotando en el comedor de mis padres como si hubiera dicho algo molesto, algo inoportuno, algo que arruinaba la cena.
Mi madre ni siquiera dejó la copa sobre la mesa.
Levantó la vista apenas un segundo, lo justo para mirarme con esa mezcla de fastidio y superioridad que conocía desde niña, y dijo con una calma cruel:
“Entonces pide un taxi.
Estamos comiendo”.
Mi padre siguió cortando la carne en su plato.
“No puedes esperar que el mundo se detenga por ti, Ava”, murmuró.
“Tienes treinta años.
Resuélvelo sola”.
Me quedé inmóvil, con las dos manos apoyadas en el borde de la mesa, intentando respirar.
El dolor me estaba atravesando la espalda y bajando por el vientre con una fuerza salvaje.
No eran las contracciones espaciadas y controlables que me había explicado la obstetra.
Aquello era distinto.
Irregular.
Más fuerte.
Más profundo.
Algo estaba mal, y mi cuerpo lo sabía.
Miré a mi hermano.
Ni siquiera se levantó.
Clavó los ojos en el plato, como si no verme fuera suficiente para no sentirse culpable.
Otra contracción me golpeó y me dobló por completo.
La silla cayó detrás de mí.
Sentí la madera bajo una rodilla, el frío del suelo, la humillación ardiente subiéndome al rostro.
Temblaba.
Me faltaba el aire.
“Por favor”, logré decir.
“Necesito que alguien me lleve”.
Mi madre alargó la mano hacia la cesta del pan.
“Siempre haces todo dramático”.
No respondió nadie más.
En ese instante entendí algo terrible: si me quedaba allí, podía morir.
Y mi hijo también.
Me levanté como pude, una mano en el vientre, la otra apoyada en la pared.
Llegar a la puerta me pareció una travesía imposible.
Nadie me siguió.
Nadie dijo “avísanos”.
Nadie preguntó si podía conducir en ese estado.
Detrás de mí, solo escuché el tintinear de los cubiertos y el murmullo de una conversación que había continuado sin mí.
La noche estaba húmeda y fría.
El trayecto al Hospital Regional Santa María apenas duraba quince minutos, pero yo manejé como si cruzara un país entero.
El dolor me nublaba la vista.
Tenía las manos mojadas de sudor.
Cada semáforo era una amenaza.
Cada bache me arrancaba un jadeo.
A mitad de camino sentí algo caliente correr entre mis piernas.
Sangre.
Quise convencerme de que no era grave, de que llegaría a tiempo, de que estaba exagerando.
Pero en el fondo ya lo sabía.
Cuando estacioné de cualquier manera frente a urgencias, apenas pude abrir la puerta.
Caminé dos pasos y el suelo pareció inclinarse.
Una enfermera me vio, soltó la carpeta que llevaba y corrió hacia mí.
“¡Necesito una camilla!” gritó.
Me sostuvo antes de que cayera.
“¿Cuántas semanas?”
“Treinta y ocho”, susurré.
“¿Rompiste fuente?”
“No lo sé… hay sangre… por favor… mi bebé…”
La enfermera no perdió un segundo.
En cuanto me subieron a la camilla, el mundo dejó de ser una secuencia lógica de hechos y se convirtió en destellos fragmentados.
Luces blancas sobre mi cabeza.
Un monitor sonando demasiado rápido.
Voces superpuestas.
Guantes.
Tijeras.
Órdenes que iban y venían con la violencia de una tormenta.
“Sufrimiento fetal”.
“Prepárenla ya”.
“No empujes todavía”.
“¿Dónde está el padre?”
Intenté responder, pero me costaba hablar.