La mañana de la boda, Ricardo creyó que estaba a punto de cerrar el mejor negocio de su vida.
El resort sobre el lago brillaba con arreglos blancos, copas de cristal y una fila de autos de lujo estacionados frente a la entrada principal.
Los socios que había perseguido durante años estaban allí.
El senador Beltrán también.
Y, por supuesto, Verónica, la novia perfecta para la fotografía que él quería venderle al mundo.
Sin embargo, mientras todos esperaban a que comenzara la música, Ricardo no dejaba de mirar hacia la entrada.
No estaba pensando en el amor.
Estaba esperando a Elsa.
Cinco años antes, cuando su empresa apenas era una oficina alquilada con muebles usados y facturas pegadas a la nevera, Elsa era la única persona que verdaderamente había creído en él.
Le llevaba café hasta altas horas de la noche, contestaba correos cuando la secretaria faltaba y, aunque nadie lo sabía, era ella quien ordenaba las cuentas cuando todo amenazaba con derrumbarse.
Ricardo solía decir entonces que su calma lo salvaba.
Que sin ella se perdía.
Pero el dinero cambia a cierta clase de hombres con una velocidad obscena.
Cuando empezaron a llegar los contratos grandes, también llegaron las cenas privadas, las tarjetas doradas, las personas que se reían demasiado fuerte y medían el valor ajeno por el reloj, el apellido y el vestido.
Ricardo se dejó seducir por ese escenario.
Primero cambió sus trajes.
Luego cambió su tono de voz.
Después cambió la manera de mirar a la mujer que había estado con él desde la escasez.
De pronto, Elsa le parecía poca cosa.
Ya no veía en ella a la compañera que lo sostuvo.
Veía a una mujer sencilla que no encajaba con el personaje que él quería interpretar.
La ruptura no fue un accidente ni una conversación triste.
Fue una humillación planificada por el ego.
Aquella noche, Ricardo llegó después de una fiesta con olor a whisky caro y perfumes ajenos.
Encontró a Elsa dormida en el sofá, esperándolo con la cena intacta sobre la mesa.
En lugar de agradecerle la paciencia, le gritó que estaba harto de vivir con alguien sin brillo, sin ambición social, sin utilidad para sus negocios.
Le dijo que no sabía vestir, que lo avergonzaba, que cualquier asistente suya entendía mejor el mundo que ella.
Y luego, como si estuviera echando un mueble viejo, abrió la puerta y le ordenó que se fuera.
Elsa salió con la garganta cerrada, una bolsa de basura con algo de ropa y una dignidad tan golpeada que apenas podía sostenerla.
No tenía adónde ir.
Tomó un autobús nocturno y se refugió en la casa de una tía en un pueblo a las afueras.
Dos semanas después, cuando el mareo constante la obligó a ir a una clínica, escuchó las palabras que le cambiaron el cuerpo y el destino: esperaba gemelos.
Se quedó sentada largo rato frente al escritorio de la doctora, con las manos sobre el vientre y los ojos llenos de una mezcla feroz de miedo y claridad.
Volver con Ricardo dejó de ser una opción.
No iba a entregarles a sus hijos al mismo hombre que la había arrojado a la calle.
Los primeros meses fueron crueles.
Elsa cosía de madrugada, limpiaba una papelería por las mañanas y llevaba cuentas para un pequeño