La lluvia caía sobre Silver Lake con una violencia casi teatral, como si el cielo supiera que esa noche estaba a punto de tragarse un secreto demasiado oscuro para permanecer entre los vivos.
Richard Miller conducía despacio por la carretera vacía, sin música, sin radio, sin una sola distracción.
Las luces del tablero iluminaban por momentos su mandíbula apretada y la dureza de sus ojos.
No parecía un hombre que iba a cometer un crimen.
Parecía un hombre de negocios terminando una tarea desagradable.
En el asiento trasero, dentro de una manta rosa todavía con olor a hospital, dormía su hija recién nacida.
Tres días antes, los periódicos financieros habían celebrado otra adquisición de Miller Enterprises.
Richard aparecía sonriendo en las fotos, impecable, victorioso, intocable.
En privado, sin embargo, solo había una idea ocupando su mente desde hacía años: necesitaba un hijo varón.
Un heredero.
Alguien que llevara su apellido como una bandera y administrara el imperio que tanto le había costado levantar.
Su esposa Sarah conocía esa obsesión, aunque nunca imaginó hasta dónde podía llegar.
Durante el embarazo, Richard había fingido ilusión, había decorado una habitación, había recibido felicitaciones.
Pero cuando el médico dijo “es una niña”, algo en él se congeló.
Sarah lo vio en sus ojos.
—Podemos volver a intentarlo más adelante —le susurró desde la cama del hospital, agotada, todavía pálida por el parto.
Richard no respondió.
Solo besó su frente y dijo que necesitaba tomar aire.
Lo que Sarah no sabía era que, mientras ella se recuperaba, Richard ya había convertido la existencia de aquella bebé en un problema que debía borrar.
Ahora, a la orilla del lago, apagó el motor.
Durante unos segundos se quedó inmóvil, escuchando el golpeteo de la lluvia contra el techo del coche.
Luego abrió la puerta, rodeó el vehículo y tomó a la niña en brazos.
Era absurdamente pequeña.
La manta apenas se movió cuando la levantó.
El aire helado rozó el rostro de la bebé, y ella abrió los ojos.
Ojos azules.
No lloró.
No gimió.
No hizo más que mirarlo con una extraña serenidad, como si no comprendiera el mundo pero sí pudiera ver algo escondido dentro de él.
Richard sintió una vacilación mínima.
Un segundo escaso.
El suficiente para saber que aún existía una salida.
Luego pensó en el apellido Miller.
Pensó en las juntas directivas.
En los viejos empresarios que le habían enseñado que la debilidad se eliminaba.
Pensó en un hijo que todavía no existía, pero al que ya había puesto sobre el rostro de aquella niña.
Y la lanzó.
El bulto rosado cayó al agua negra con un sonido pequeño, casi insignificante.
Después desapareció entre círculos oscuros que la lluvia borró enseguida.
Richard retrocedió, respirando agitado.
Se obligó a no mirar más.
Subió al auto y se marchó.
—Ya está hecho —murmuró mientras los limpiaparabrisas barrían el parabrisas—.
Ahora podemos empezar de nuevo.
Pero el lago no se quedó con ella.
Bajo un puente cercano, donde se refugiaban de la tormenta, Mary y David Walker habían visto todo.
Mary fue la primera en reaccionar.
—¡Dios mío! —gritó, echando a correr.
David se quitó la chaqueta en movimiento y se lanzó al agua sin pensarlo.
El frío lo golpeó como un muro.
La lluvia le clavaba agujas en la cara mientras nadaba hacia el