su expresión se endureció.
Sacó una bolsa estéril de su bolso, vació el contenido dentro, escribió la hora y la fecha con un marcador y guardó la muestra.
Después tomó otro biberón de una pequeña nevera portátil escondida bajo el sillón y alimentó a Isaiah con ese.
Sentí un golpe seco en el pecho.
Retrocedí siete minutos.
La cámara del pasillo mostró a Felicia entrando en el cuarto.
Miró a ambos lados, se acercó al calentador y dejó caer varias gotas transparentes dentro del biberón de Isaiah.
Lo agitó con cuidado.
Luego salió tan tranquila como había entrado.
No podía procesarlo.
Abrí otra cámara.
La de la cocina.
A las 2:03 de esa misma madrugada, mi madre le abría la puerta lateral a Felicia.
Se movían sin encender luces.
Sobre la isla de mármol, Vivian dejó una carpeta azul con el sello del Blackwood Trust.
Felicia la abrió y dijo algo que el micrófono captó con una claridad devastadora.
—Con un bebé inestable y Trevor así de roto, el juez no tardará en firmar.
Se me entumecieron las manos.
No recuerdo haberme levantado del sillón, pero de pronto ya estaba corriendo por el pasillo, con la tableta en una mano y el corazón disparado.
Cuando llegué a la puerta del cuarto de los niños, Felicia estaba afuera, con la mano en la perilla, escuchando.
—¿Ya se lo tomó? —susurró.
Grace levantó la cabeza antes de que yo abriera del todo.
No parecía sorprendida de verme.
Parecía, extrañamente, aliviada.
—No la deje entrar —dijo con una calma que me atravesó.
Felicia giró hacia mí, primero con sobresalto y después con su habitual indignación elegante.
—Trevor, gracias a Dios.
Esta chica está cada día peor.
Mira cómo tiene a Isaiah.
Le mostré la tableta.
En la pantalla se veía su mano inclinando el frasco sobre el biberón.
El color se le fue de la cara.
—¿Qué le pusiste? —pregunté.
—Vitaminas —respondió demasiado rápido—.
Unas gotas naturales.
Brielle las tomaba.
—Te vi echarlo a escondidas.
A mi hijo.
En mitad de la noche.
Mi voz salió tan baja que yo mismo apenas la reconocí.
Grace se puso de pie sin apartar a Isaiah de su pecho.
Aaron seguía dormido en la otra cuna, ajeno a todo.
Por un segundo pensé que iba a desmayarme, pero la rabia sostuvo mis huesos.
Llamé a seguridad interna y ordené que nadie saliera de la casa.
Después llamé al doctor Han, el pediatra privado que había recomendado el hospital y a quien apenas conocía porque hasta ese momento yo había delegado casi todo.
Quince minutos después, mientras Felicia repetía que se trataba de un malentendido y mi madre bajaba las escaleras intentando imponerse con su apellido, Grace me mostró una libreta pequeña que había estado guardando debajo del sillón.
Reconocí la letra de Brielle en el acto.
La primera página tenía fechas de los últimos días en el hospital.
Horarios de alimentación.
Temperatura.
Color de la piel de Isaiah.
Notas rápidas escritas con una caligrafía cada vez más temblorosa.
En tres entradas distintas aparecía la misma observación: Isaiah empeora después de que Felicia le prepare el biberón.
No dejarla sola con él.
Más adelante, entre manchas de tinta y líneas torcidas, Brielle había escrito algo que me obligó a sentarme.
Si algo me pasa, no permitas que