riéndose, que yo me veía “demasiado mayor” con cierto suéter.
Después dijo que mis manos tenían “aspecto triste”.
Más tarde se quejó del sonido que hacía al sorber sopa.
Luego empezó a sugerir que me bañara más, que usara más perfume, que cerrara la puerta de mi cuarto porque el olor a pomada le resultaba desagradable.
Al principio me avergoncé.
Pensé que quizá tenía razón.
La vejez vuelve a las mujeres especialmente vulnerables a la vergüenza.
Te hace sentir que ocupas demasiado espacio por el solo hecho de existir.
Me compré blusas nuevas.
Fui a la peluquería.
Cambié mi crema.
Me lavaba el cabello con más frecuencia.
Dejé de comer cacahuates porque decía que los crujía demasiado fuerte.
Empecé a moverme por mi propia casa como si estuviera de visita.
Nada fue suficiente.
Una mañana, mientras desayunábamos, vi que servía a los niños en platos de colores y a mí me dejaba el más viejo, uno desportillado que había apartado años atrás para macetas.
No dije nada.
Más tarde noté que mi manta favorita ya no estaba en el sofá.
Me explicó, sin mirarme, que la había guardado porque “daba una imagen descuidada”.
Un día me pidió que no alabara tanto a Mateo porque “lo ponía nervioso”.
Otro, me cerró la puerta del estudio porque los niños no debían entrar ahí conmigo si yo estaba tomando medicina.
—¿Qué medicina? —pregunté.
—Ay, mamá, da igual —respondió con fastidio—.
Es solo que a veces los niños se impresionan con las cosas de la gente mayor.
La gente mayor.
Ya no era su madre.
Era un concepto.
Una molestia.
Un olor.
Un mueble viejo al que todavía no podían tirar porque seguía pagando el techo.
El día que escuché la llamada telefónica fue el día que empecé a morir un poco.
Estaba en el jardín, con las tijeras de podar en la mano, quitando hojas secas de los rosales que Arturo había plantado el año que cumplimos veinte de casados.
El viento venía suave.
Desde la ventana abierta del estudio se oía la voz de Lily.
Yo no iba a escuchar a propósito.
Simplemente la escuché.
—No la soporto, Emma —decía—.
Me da asco.
Todo en ella.
Cómo mastica, cómo respira, cómo camina arrastrando los pies.
Es como vivir con algo húmedo y viejo.
Se me heló la espalda.
—Pero la necesito por ahora —continuó—.
Así que aguanto.
En cuanto encuentre trabajo, me voy.
O mejor, en cuanto pueda acomodar las cosas para que no haga tonterías con la casa.
Las tijeras resbalaron de mis dedos y cayeron sobre la tierra húmeda.
No recuerdo cuánto tiempo me quedé quieta.
Solo recuerdo una sensación insoportable de vergüenza, como si me hubieran arrancado la ropa en público.
Mi propia hija hablando de mí como de una cosa asquerosa.
Ni siquiera como de una carga.
Como de una presencia repulsiva.
Aquella noche la enfrenté con voz serena porque aún no aceptaba del todo lo que había oído.
—Te escuché hablar con Emma —le dije.
Lily alzó la vista del teléfono, molesta más que sorprendida.
—¿Y?
—Dijiste que te doy asco.
Rodó los ojos con una mezcla de impaciencia y superioridad que me dolió casi tanto como sus palabras.
—Solo me estaba desahogando, mamá.
Todo el mundo necesita sacar estrés.
—¿Ese estrés soy yo?
—Ay, por favor,