—A ti también, mamá.
Esperé a que saliera.
Luego hice ruido al cerrar la puerta principal para que creyera que me había ido.
Conduje hasta la esquina, estacioné detrás de unos setos altos, y regresé por la entrada lateral con el corazón golpeándome el pecho.
Entrar en mi propia casa así, como una intrusa, fue una de las cosas más extrañas que he hecho en la vida.
Subí al cuarto de Lily.
Todo estaba demasiado ordenado.
La cama perfectamente tendida.
Las cortinas corridas.
El escritorio despejado.
La quietud me inquietó más que cualquier desorden.
Me arrodillé, respiré hondo y me metí debajo de su cama.
El espacio era más bajo de lo que imaginaba.
El polvo me raspó la garganta.
Apagué el sonido del teléfono y me quedé inmóvil, mirando la oscuridad entre las patas de madera.
Pasaron veinte minutos.
Treinta.
En algún momento empecé a sentirme ridícula.
Quizá la señora Greene se había confundido.
Quizá yo me había dejado arrastrar por el miedo.
Quizá estaba convirtiéndome en una de esas madres desconfiadas que ven peligros donde solo hay secretos adolescentes.
Entonces escuché abrirse la puerta principal.
Se oyeron pasos ligeros subiendo las escaleras.
La puerta del dormitorio se abrió.
Vi las zapatillas de Lily entrar primero.
No venía sola.
Junto a ella apareció un par de zapatos masculinos, oscuros y gastados.
Un cuerpo adulto.
Un hombre.
El aire se me cortó.
—Rápido —susurró Lily—.
Mi mamá ya se fue.
Después, la voz del hombre.
—Hoy no tenemos mucho tiempo.
La sangre se me heló.
Durante una fracción de segundo pensé lo peor.
Un depredador.
Un chantajista.
Un desconocido manipulando a mi hija mientras yo trabajaba creyendo que estaba a salvo.
Apreté los dientes para no salir de inmediato.
Escuché el golpe sordo de una mochila sobre el escritorio.
El roce de papeles.
—Te traje las copias —dijo él.
—No quiero seguir mintiéndole a mi mamá —respondió Lily, y oír ese temblor en su voz me partió en dos.
—Lo sé.
Pero si hablamos antes de tiempo, tu padre se entera.
Padre.
Mi exmarido.
Daniel llevaba meses intentando volver a mi vida de formas que yo ya no soportaba.
Primero fueron mensajes cordiales.
Luego excusas para pasar por la casa.
Después llamadas tarde en la noche, silencios, números desconocidos.
Nunca tenía una prueba clara de que fuera él, solo esa sensación persistente de estar siendo observada.
Debajo de la cama, cada músculo de mi cuerpo se tensó.
—Anoche volvió a estacionarse enfrente —susurró Lily—.
Me quedé mirando por la ventana hasta que se fue.
Se hizo un silencio breve.
Oí un clic.
—Voy a grabar lo que me digas —explicó el hombre—.
Solo para que quede registrado.
¿De acuerdo?
Lily respiró hondo.
—Está bien.
Yo ya no entendía nada.
Me arrastré apenas unos centímetros para ver mejor.
Desde mi ángulo solo alcanzaba a distinguir la pernera de un pantalón y una carpeta marrón apoyada en el borde de la cama.
Entonces el hombre habló de nuevo.
—Repite lo que viste el martes.
—Vi a mi papá afuera otra vez —dijo Lily—.
Y luego me llegó un mensaje desde otro número.
Decía que si le contaba algo a mi mamá, ella desaparecería como las otras veces.
Sentí náuseas.
—¿Qué otras veces? —preguntó el hombre con calma.
—Las veces que nos tuvimos