de mi abdomen ya es una línea fina.
La otra, la invisible, tarda más.
Porque lo más doloroso no fue entrar a cirugía.
Fue descubrir que para la persona que debía quererme primero, yo podía esperar detrás de una rabieta decorativa.
Y quizá esa es la parte más extraña de todo: mi madre no perdió a su hija en aquella operación.
La estaba perdiendo desde hacía años, cada vez que me confundía con la fuerte, la responsable, la que siempre aguanta.
Aquella noche, en la UCI, yo solo dejé de pagar el precio de esa mentira.
Ella, por fin, tuvo que pagarlo también.