Pidió ver a su hija antes de morir, y nadie en la prisión imaginó que aquella visita terminaría rompiendo un caso que durante cinco años había parecido cerrado para siempre.
A las seis en punto de la mañana, los cerrojos de la celda número 14 se abrieron con un estruendo metálico que a Ramiro Fuentes ya no le provocó ni un sobresalto.
Después de tanto tiempo, el sonido del hierro contra el hierro formaba parte de su cuerpo, como el dolor en la espalda, como la sequedad permanente en la garganta, como esa sensación de haber envejecido diez años dentro de un lugar donde el tiempo no avanzaba, solo se acumulaba.
Un guardia joven lo miró a través de las rejas.
Detrás de él estaba el sargento Robles, un hombre de mandíbula dura y ojos cansados que llevaba demasiado tiempo custodiando condenados como para concederles humanidad.
—Es la hora —dijo Robles.
Ramiro se puso de pie despacio.
Tenía cuarenta y dos años, pero en la prisión parecía mayor.
La barba mal recortada, las ojeras hondas y la delgadez lo hacían ver como si ya hubiera desaparecido a medias.
—Quiero ver a mi hija —dijo antes de que lo esposaran—.
Solo eso.
Déjenme verla a ella.
Robles ni siquiera parpadeó.
—No estás en posición de pedir nada.
—No les estoy pidiendo clemencia.
Les estoy pidiendo a mi hija.
El guardia joven dudó un segundo.
Ramiro vio en su expresión lo que rara vez encontraba allí dentro: incomodidad.
—Se llama Salomé —añadió—.
Tiene ocho años.
No la veo desde hace tres.
Merece despedirse de su padre.
Robles soltó el aire por la nariz.
—Los condenados siempre quieren algo al final.
—Yo no quiero algo —respondió Ramiro, y su voz salió extrañamente firme—.
Quiero a la única persona que todavía podría mirar a los ojos.
La petición subió por la cadena de mando porque era más sencillo trasladarla que discutir con un hombre al que le quedaban horas.
Así fue como llegó al despacho del coronel Esteban Méndez, director de la prisión provincial.
Méndez llevaba treinta años trabajando entre culpables.
Había visto hombres rezar, mentir, derrumbarse, inventarse recuerdos y pedir perdón sin sentirlo.
Ya casi no creía en sorpresas.
Pero Ramiro Fuentes siempre había sido una excepción incómoda.
El expediente estaba lleno de certezas.
Huellas en un revólver.
Ropa con sangre de la víctima.
Un testigo que lo situaba saliendo de la casa de su esposa la noche del crimen.
Una fiscalía insistente.
Una defensa pública mediocre.
El caso había sido rápido, limpio y aplastante.
Demasiado limpio, pensó Méndez por enésima vez al volver a abrir la carpeta.
No podía explicar por qué, pero nunca había logrado encajar la mirada de Ramiro con el hombre descrito en aquellas páginas.
No era ingenuidad.
Era oficio.
Había aprendido a reconocer ciertos huecos, ciertas costuras demasiado perfectas en historias construidas para que nadie hiciera preguntas.
Tomó el teléfono.
—Localicen a la menor —ordenó—.
La quiero aquí antes de las diez.
Tres horas más tarde, una furgoneta blanca entró en el patio principal.
La niña bajó de la mano de una trabajadora social llamada Verónica Gil.
Llevaba un vestido azul claro demasiado fino para el aire frío de la mañana y una coleta mal hecha que le dejaba el rostro al descubierto.
Era una niña pequeña, sí,