pero se movía con una serenidad inquietante.
No observaba la prisión como un lugar aterrador; la observaba como si viniera preparada para algo importante.
Los internos que alcanzaron a verla desde las galerías se callaron sin saber por qué.
Los guardias la siguieron con la mirada.
Verónica trató de hablarle un par de veces, pero Salomé apenas respondió.
—¿Estás bien? —preguntó la mujer.
—Sí.
—Si te asustas, me lo dices.
—No me voy a asustar.
La respuesta no sonó desafiante.
Sonó segura.
En la sala de visitas, Ramiro esperaba esposado a una mesa de metal atornillada al suelo.
Cuando la puerta se abrió y vio entrar a su hija, algo en él se quebró.
Durante años se había obligado a no imaginarla creciendo sin él, a no preguntarse cómo sería su voz, qué tan alta estaría, si aún recordaría la forma en que él le trenzaba el cabello cuando era pequeña.
Y de pronto allí estaba, real, más alta, más seria, con los mismos ojos inmensos que había heredado de su madre.
—Mi niña… —susurró.
Salomé soltó la mano de Verónica y caminó hacia él.
No corrió.
No lloró.
Llegó hasta la mesa, se puso de puntillas y lo abrazó como si el ruido de las cadenas no existiera.
Ramiro cerró los ojos.
Por un momento, la prisión desapareció.
No hubo guardias, ni muros, ni sentencia.
Solo el peso liviano de su hija aferrada a su pecho.
Nadie habló durante un minuto entero.
Verónica, incómoda ante la intensidad de aquella escena, terminó mirando el teléfono.
El guardia joven carraspeó.
Robles permaneció inmóvil junto a la puerta.
Entonces Salomé se inclinó y le susurró algo al oído.
Fue una frase breve.
Nadie la oyó.
Pero todos vieron el efecto.
Ramiro empalideció como si alguien le hubiera vaciado la sangre del cuerpo.
La respiración se le volvió irregular.
Sus ojos se abrieron con una mezcla brutal de horror y esperanza.
—¿Es verdad? —preguntó con la voz rota—.
¿Es verdad lo que me estás diciendo?
La niña asintió.
Ramiro se incorporó de golpe.
La silla cayó al suelo con un estrépito seco.
—¡Soy inocente! —gritó, más fuerte que en cinco años—.
¡Siempre fui inocente! ¡Ahora puedo demostrarlo!
Robles avanzó para sujetarlo, pero Salomé se aferró a él con fuerza.
—Ya es hora de que sepan la verdad —dijo.
El coronel Méndez, que acababa de entrar en la sala para supervisar los últimos procedimientos, escuchó aquella frase a tiempo de ver también el rostro de la niña.
—¿Qué verdad? —preguntó.
Salomé giró hacia él.
No parecía intimidada por el uniforme ni por la rigidez del lugar.
—Mamá la dejó escondida en mi muñeca azul —dijo con claridad—.
Y anoche escuché al hombre del anillo decir que hoy iban a matar a mi papá antes de que alguien la encontrara.
La sala quedó en silencio.
Verónica levantó la vista de golpe.
Méndez dio un paso al frente.
—¿Qué hombre del anillo?
Salomé miró a Ramiro, luego al coronel.
—El que siempre sonreía cuando decía que mi papá era malo.
El que habló conmigo en la casa de acogida.
Lleva un anillo plateado con una serpiente.
Ramiro apretó los puños esposados.
—Ezequiel Barrera —dijo entre dientes.
Méndez lo reconoció de inmediato.
Barrera había sido el testigo principal del caso, vecino de la familia Fuentes y hombre