“solidario” que, según el expediente, ayudó a la fiscalía y colaboró con servicios sociales tras el asesinato de Lucía, la esposa de Ramiro.
El coronel sintió un frío lento recorrerle la espalda.
—Suspendan el procedimiento —ordenó.
Robles abrió la boca, sorprendido.
—Mi coronel, la ejecución está calendarizada.
—He dicho que la suspendan.
La autoridad en su voz acabó con cualquier objeción.
Méndez pidió de inmediato el registro de objetos retenidos.
Quería saber dónde estaba aquella muñeca azul.
La respuesta llegó en menos de quince minutos y fue peor de lo esperado.
La muñeca había sido retirada dos semanas antes del almacén de evidencias secundarias.
Con autorización especial.
—¿Quién firmó esto? —preguntó Méndez al encargado de archivo.
El hombre, nervioso, revisó el documento.
—La orden vino de la oficina del fiscal del caso, señor.
—¿Del fiscal original?
—Sí.
Fiscal Arturo Ledesma.
Ramiro se hundió en la silla nueva que le habían traído.
Casi parecía mareado.
—Lo sabía —murmuró—.
Sabía que no fue solo Barrera.
Méndez lo miró con dureza.
—Háblame claro.
Ramiro tardó unos segundos en responder.
No por miedo, sino por el esfuerzo de ordenar recuerdos que durante años nadie había querido escuchar.
—La noche en que Lucía murió, yo llegué a casa y la encontré viva todavía —dijo—.
Había sangre.
Había cosas rotas.
Ella intentó hablar, pero apenas podía respirar.
Solo me señaló el cuarto de Salomé y repitió una palabra: “muñeca”.
Luego oí pasos afuera.
Corrí a la puerta.
Vi a Barrera subiendo a su camioneta.
Quise perseguirlo, pero cuando volví, Lucía ya no reaccionaba.
Tragó saliva.
—Tomé el arma del suelo porque pensé que quizá seguía ahí.
Ahí quedaron mis huellas.
La sangre de mi ropa fue de Lucía.
Cuando llegó la policía, Barrera ya había llamado diciendo que me vio salir alterado.
Todo estaba armado.
—¿Por qué no lo dijiste entonces? —preguntó Robles.
Ramiro soltó una risa amarga.
—Lo dije.
Cien veces.
Pero un hombre pobre, con huellas en el arma y un vecino tan servicial señalándolo, no suena convincente ante un jurado que ya decidió quién es el monstruo.
Salomé seguía de pie a su lado, escuchando como una adulta atrapada en un cuerpo pequeño.
—Mamá grabó cosas —dijo de pronto—.
Ella siempre grababa cuando discutían con el señor Barrera.
Méndez se inclinó hacia ella.
—¿Por qué?
—Porque decía que no confiaba en él.
La niña contó entonces, despacio, una historia que dejó la habitación todavía más fría.
Meses antes del crimen, Lucía había descubierto que Barrera utilizaba una empresa fantasma para desviar dinero de varias propiedades del barrio, incluyendo una vieja casa heredada que Ramiro y ella se negaban a vender.
Lucía había reunido papeles y grabaciones.
Había dicho que iría a denunciarlos a la fiscalía.
Pero el fiscal Arturo Ledesma no era un nombre cualquiera.
Era amigo personal de Barrera.
Eso explicaba demasiado.
Méndez ordenó revisar todas las cámaras de la casa de acogida donde estaba Salomé.
También pidió el historial de visitas, llamadas y traslados.
Antes del mediodía, apareció la primera grieta concreta: Ezequiel Barrera había visitado la casa de acogida tres veces en el último mes usando autorización firmada por el despacho de Ledesma.
—¿Con qué justificación? —preguntó Méndez.
—“Seguimiento comunitario y apoyo emocional a la menor” —leyó el oficial de sistemas, incrédulo.
Ramiro cerró los ojos con rabia.
—Ese hombre