La petición de Luna había parecido extraña incluso para una familia destrozada por el dolor.
Quería ser enterrada junto al esqueleto de su madre.
No junto a una foto.
No con una prenda.
No con una carta en las manos.
Con los restos de Catalina, acomodados a su lado dentro del mismo ataúd, como si la muerte pudiera devolverles el abrazo que la vida les había quitado demasiado pronto.
Cuando Luna lo pidió desde la cama del hospital, con la voz débil y los labios resecos por los tratamientos, nadie tuvo fuerzas para discutirle nada.
Víctor solo la miró, sintiendo que cada palabra de su hija era una despedida.
Clara, demasiado pequeña para comprender la dimensión del horror, creyó que era una manera poética de quedarse con su mamá para siempre.
La doctora Valeria, que había acompañado a Luna durante los últimos años de su enfermedad, permaneció en silencio.
Observó a la joven con una atención extraña, intensa, como si detrás de aquella última voluntad hubiera algo más que nostalgia.
Víctor no preguntó.
Ya no quería luchar contra nada.
Había perdido a Catalina dos años antes en un accidente espantoso, un choque nocturno en la carretera que terminó con un cuerpo supuestamente irreconocible y un ataúd cerrado.
Y ahora estaba perdiendo a Luna, su hija mayor, la que había aprendido demasiado pronto a sonreír entre análisis, quimioterapias y salas de espera.
El día del funeral, la capilla parecía suspendida en un tiempo ajeno.
Había flores blancas, velas, murmullos bajos y ese olor dulce de los velorios que siempre resulta insoportable cuando el que yace en el ataúd es alguien joven.
Luna descansaba con un vestido claro.
Tenía el cabello oscuro cuidadosamente peinado sobre los hombros y el rostro sereno de quien ya no sentía dolor.
Víctor la miraba sin entender cómo un cuerpo tan pequeño podía dejar un vacío tan inmenso.
Entonces llegaron los empleados de la funeraria con los restos de Catalina.
Los llevaban envueltos en una sábana blanca, con una solemnidad que solo consiguió volver la escena más perturbadora.
Clara apretó la mano de su padre y le preguntó si de verdad esa era su madre.
Víctor, con la garganta cerrada, respondió que sí.
Pero cuando la sábana fue retirada y el esqueleto quedó acomodado al lado de Luna, algo en él se quebró.
No fue una intuición vaga.
No fue un presentimiento.
Fue un detalle concreto, brutal, imposible de discutir.
La mano izquierda.
Catalina había perdido la punta del dedo anular a los diecisiete años, en un accidente con una máquina de coser en el taller de su tía.
Víctor recordaba aquella historia porque ella se la contó en su primera cita, riéndose para disimular la vergüenza.
Recordaba también la delicadeza con la que, años después, le había colocado el anillo de bodas en aquella mano imperfecta.
Sabía exactamente cómo era.
El esqueleto que estaba junto a Luna tenía el dedo completo.
—¡Detengan esto ahora mismo! —gritó.
El alarido hizo que varias personas retrocedieran.
Clara se tapó la boca.
Un empleado dejó caer parte de la sábana.
Víctor se desplomó de rodillas frente al ataúd, temblando, mientras repetía que esa no era Catalina, que no podía serlo, que alguien estaba mintiendo.
Fue entonces cuando la doctora Valeria se acercó y sacó un sobre de su bolso.
—Luna