de terminales marítimas, registros de llamadas y una libreta con un nombre repetido varias veces: Esteban Rojas.
Víctor tardó unos segundos en recordar quién era.
Esteban había trabajado en la funeraria que preparó el supuesto entierro de Catalina.
Todo empezó a encajar de la forma más cruel.
Luna, desconfiando de todos, había hablado solo con Valeria.
Y Valeria, aunque al principio pensó que la joven estaba aferrándose a una esperanza imposible, terminó creyéndole cuando vio las radiografías y escuchó un fragmento de audio que Catalina le había enviado a su hija meses antes.
Luna no quiso contárselo a su padre enseguida.
Temía que la necesidad de encontrar a Catalina lo destruyera mientras ella aún luchaba por vivir.
Además, quería pruebas, no sospechas.
Las pruebas la llevaron a un pequeño puerto a seis horas de distancia.
Tres días después del funeral suspendido, Víctor viajó allí con dos agentes y Valeria.
Clara se quedó con una tía.
No era un viaje para una niña.
Encontraron a Catalina en una tienda de telas junto al malecón.
Estaba colocando rollos de lino en un estante cuando levantó la vista y vio entrar a Víctor.
Se quedó blanca.
Durante un segundo pareció que iba a desmayarse.
Luego retrocedió, chocó con una mesa y apretó los labios con fuerza, como si el verdadero terror no fuera verlo, sino confirmar que la mentira por fin había terminado.
Víctor no gritó.
Caminó hasta quedar frente a ella y preguntó, con una calma que daba más miedo que cualquier insulto:
—¿Dónde estabas mientras nuestra hija se moría?
Catalina se llevó una mano a la boca y empezó a llorar.
La confesión salió entrecortada, miserable, profundamente humana y profundamente cobarde.
Sí, había sobrevivido al accidente.
Y sí, la muerte había sido fingida.
No porque Víctor la maltratara.
No porque estuviera secuestrada.
No porque alguien la hubiera obligado.
Lo hizo porque estaba teniendo una relación con Esteban desde meses antes del choque.
Quería irse.
Quería empezar otra vida.
Pero no se atrevía a pedir el divorcio, ni a enfrentar el escándalo, ni a soportar el juicio de la familia y del pueblo.
Después del accidente, mientras la atendían por heridas leves y una conmoción, Esteban le propuso desaparecer.
Tenía contactos en la funeraria y conocía a un empleado del depósito forense dispuesto a alterar papeles por dinero.
Catalina aceptó.
Un cuerpo no identificado ocupó su lugar.
Víctor hizo el funeral.
Clara lloró a su madre.
Y Luna, con apenas dieciocho años en ese entonces, empezó a enfermarse creyendo que la mujer que más amaba en el mundo había muerto.
Cuando Luna descubrió la verdad meses antes de fallecer, viajó a escondidas con ayuda de Valeria y la enfrentó.
Catalina prometió volver.
Prometió contarlo todo.
Prometió estar con ella en el tratamiento.
No cumplió.
Tuvo miedo otra vez.
Volvió a esconderse.
Luna regresó a casa sabiendo que quizá moriría sin volver a verla, y con una convicción insoportable: su padre y su hermana no podían seguir rezando ante una tumba falsa mientras la responsable respiraba en otra ciudad.
Por eso dejó preparado el plan.
La petición de ser enterrada junto al esqueleto de su madre nunca fue una fantasía macabra.
Fue una trampa.
Una forma de obligar a la verdad a ponerse de pie delante de todos.
Catalina fue detenida junto con