Me crucé con mi jefa en la fiesta y me dijo: “Finge ser mi novio y te daré lo más valioso que tengo”.
No fue una broma.
No fue una insinuación.
Fue una orden disfrazada de súplica.
Y lo peor no fue la frase.
Lo peor fue la manera en que la dijo: con los labios tensos, la mirada clavada en algún punto detrás de mí y una mano fría aferrándose a mi muñeca como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
Hasta esa noche, Elise Carón apenas sabía que yo existía.
Yo era Julián Lambert, veinticuatro años, asistente personal en una consultora del Ensanche, en Bilbao.
Mi trabajo consistía en hacer todo lo que nadie quería ver.
Organizar horarios imposibles.
Arreglar reservas canceladas.
Corregir errores ajenos antes de que explotaran.
Llevar café sin azúcar a las ocho en punto.
Ser eficiente, silencioso y prescindible.
Y Elise era exactamente lo contrario.
A los treinta y cinco, ya era directora asociada.
Elegante, brillante, exigente.
Tenía esa presencia que transforma una sala antes incluso de hablar.
Su cabello castaño rozaba los hombros con una precisión impecable, sus trajes parecían hechos para la guerra corporativa y sus ojos verdes podían helarte el pecho sin necesidad de levantar la voz.
La respetaban todos.
La querían pocos.
La temían muchos.
Yo estaba entre esos muchos.
La fiesta anual de la firma se celebraba en un loft enorme frente a la ría.
Techos altos, ventanales inmensos, camareros con bandejas de cristal, música demasiado fuerte y gente demasiado bien vestida fingiendo relajación.
Era uno de esos eventos donde nadie iba a divertirse; todos iban a observar quién subía, quién caía y quién se acercaba a quién.
Yo había pensado pasar desapercibido una hora y marcharme.
Pero a mitad de la noche vi a Elise abrirse paso entre ejecutivos y clientes como si los atravesara.
Se detuvo frente a mí.
—Necesito que me ayudes ahora mismo —susurró.
Ni siquiera me dio tiempo a reaccionar.
—Finge ser mi novio —dijo—.
Y te daré lo más valioso que tengo.
Me quedé mirándola como un idiota.
—¿Qué?
—No preguntes.
Solo sígueme el juego.
Antes de que pudiera negarme, me acercó a ella con una naturalidad casi violenta.
Sentí el perfume limpio, caro, contenido.
También sentí algo más inesperado: estaba temblando.
Entonces vi a quién miraba.
Un hombre mayor, impecable, de traje oscuro y sonrisa glacial, avanzaba hacia nosotros acompañado por dos socios del consejo.
Tenía el mismo color de ojos que Elise, aunque en él no había brillo, solo cálculo.
—Papá —dijo ella cuando lo tuvo delante—.
Quiero que conozcas a Julián.
El hombre me estudió de arriba abajo.
No con curiosidad.
Con desprecio medido.
—No sabía que tenías pareja —dijo.
—Hay muchas cosas que no sabes —respondió Elise.
Aquella tensión no era normal.
No era un simple conflicto familiar.
Era una guerra enterrada bajo modales caros.
—¿A qué te dedicas, Julián? —preguntó él.
Estuve a punto de responder la verdad, pero Elise me clavó las uñas en la mano.
—Trabajo en consultoría —dije—.
Muy cerca de Elise.
Él sonrió apenas.
—Eso lo imagino.
Hubo un silencio incómodo.
Uno de los socios desvió la mirada.
El otro fingió revisar el móvil.
Y entonces el padre de Elise dio un paso más.
—¿También sabe lo del pendrive?
Noté cómo