ella se endurecía.
—No aquí —dijo.
—Entonces no me obligues a recordarte quién te paga la vida —respondió él en voz baja.
Aquello me recorrió la espalda como hielo.
Elise sonrió para la galería, apoyó una mano en mi pecho y me besó la mejilla con una familiaridad tan convincente que cualquiera habría pensado que llevábamos meses juntos.
A mí, en cambio, me dejó una frase clavada en la cabeza: lo del pendrive.
Pocos minutos después me arrastró hacia un pasillo lateral, lejos del ruido.
—Escúchame bien —dijo—.
No tengo tiempo para explicarlo todo.
Mi padre está intentando cerrar mañana una operación con dinero desviado.
Tengo pruebas.
La miré, incapaz de encajar aquella confesión con la mujer inalcanzable de la oficina.
—¿Y por qué yo?
—Porque nadie te mira —respondió—.
Porque en esta empresa creen que solo sirves café.
Porque si yo llevo eso encima, me registrarán.
Entonces sacó un pequeño pendrive plateado y me lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Pase lo que pase, no se lo des a nadie.
—Elise, esto es una locura.
—Lo sé.
Por primera vez desde que la conocía, no parecía poderosa.
Parecía agotada.
—Mi padre lleva años usando sociedades pantalla, sobornos y cuentas en el extranjero.
Empezó con el negocio familiar y lo trajo aquí.
Yo lo descubrí hace meses.
Quise denunciarlo.
Me dijo que destruiría mi carrera antes de dejar que lo hundiera.
—Entonces ve a la policía.
—Mañana a primera hora pensaba hacerlo.
Esta noche iba a sacar la copia final del edificio, pero alguien le avisó.
—¿Alguien dentro?
Ella asintió.
En ese momento sonó su móvil.
Miró la pantalla y palideció.
—Es mi padre.
No contestó.
Un minuto después recibí yo un mensaje desde un número desconocido: “Entrégalo y sales ileso”.
Se me secó la boca.
—Saben que lo llevo yo.
Elise cerró los ojos un segundo, furiosa consigo misma.
—Entonces no tenemos margen.
Bajamos al aparcamiento por una salida de servicio.
Ella caminaba deprisa, yo detrás, sin saber en qué momento mi vida había pasado de preparar presentaciones a participar en una trama criminal.
Cuando llegamos a su coche, un Audi oscuro, vimos a dos hombres junto a la puerta del conductor.
—No subas —murmuré.
Uno de ellos levantó la vista.
No eran guardias.
Eran otra cosa: hombres contratados para intimidar sin dejar rastro.
Elise giró en seco y echamos a andar en dirección contraria, sin correr para no delatarnos.
Cruzamos el aparcamiento, salimos a la calle y paramos un taxi casi vacío.
Dentro, por fin respiré.
—¿A dónde? —preguntó el conductor.
Elise me miró.
—A tu casa no —dijo—.
A la mía tampoco.
Pensé en el único sitio donde nadie nos buscaría de inmediato: la vieja casa de mi tía en Santutxu, vacía desde hacía meses porque estaba en una residencia.
—Conozco un lugar.
Llegamos poco antes de la medianoche.
El piso olía a madera vieja y a silencio.
Elise se quitó los tacones, se sentó en la cocina como si el cuerpo ya no pudiera sostenerla y me pidió agua.
Aquella imagen me descolocó más que todo lo demás.
Ver a la mujer más controlada que había conocido deshecha en una silla de formica.
—¿Qué hay exactamente en el pendrive? —pregunté.
—Transferencias, grabaciones, contratos falsos, nombres —respondió—.
También algo peor.
—¿Peor que fraude?
Tardó