—Nadie la toque —ordenó Maddox, bajando de la escalera del Apache con el rostro todavía drenado de color.
Rourke giró hacia él con incredulidad.
—Mayor, esa mujer acaba de ser identificada como posible saboteadora.
Si interfiere con la salida, pondrá en riesgo…
—La salida ya está en riesgo —lo corté yo, arrancándome el guante derecho con los dientes—.
Dame acceso al panel de enlace o en siete minutos vas a escuchar cómo caen dos tripulaciones por culpa de una actualización que no debía estar cargada.
El hangar entero se quedó quieto por medio segundo.
Era el tipo de silencio que solo existe cuando alguien acaba de decir una verdad demasiado específica.
Abrí el delantal de herramientas y saqué una llave criptográfica del tamaño de un encendedor, ennegrecida de grasa en la carcasa para que pareciera chatarra.
La conecté al puerto lateral del terminal de mantenimiento.
La pantalla parpadeó, pidió autorización de nivel coronel y después mostró mi nombre completo: Kara Lawson.
Maddox dejó escapar una exhalación seca.
No había duda en sus ojos ya.
El pequeño tatuaje geométrico que el viento había descubierto no era una casualidad ni una moda.
Era la marca de la Línea Espectro, una célula de contrainteligencia cuyos oficiales desaparecían de los registros para cazar filtraciones dentro de las fuerzas armadas.
Solo un puñado de mandos había visto ese símbolo en expedientes clasificados.
Maddox era uno de ellos.
Rourke, en cambio, tardó apenas un segundo en recomponerse.
Eso fue lo primero que me confirmó que era él.
Un inocente se habría quedado confundido.
Él calculó.
—Un archivo puede falsificarse —dijo, demasiado rápido—.
Un tatuaje también.
Deténganla ahora y…
—Quítale la radio —soltó Maddox sin mirarlo.
El sargento Molina, jefe de seguridad de línea, dudó apenas un instante antes de ponerse al lado del mayor.
Cuando le sacó el transmisor a Rourke, vi por primera vez una grieta real en su sonrisa.
Yo ya estaba dentro del sistema.
El paquete de misión cargado a los Apache veinte minutos antes del despegue tenía una firma que no coincidía con la biblioteca oficial de Ravencrest.
No era una avería.
Era una inyección limpia: un desplazamiento de solución de tiro, una latencia artificial en el radar altímetro y una máscara que convertiría una baliza amiga en eco dudoso dentro del cañón.
Alguien había diseñado un error que parecería mala suerte.
—Los pájaros entran al corredor en seis minutos —dije—.
Necesito la sala táctica.
Y lo necesito a él lejos de cualquier canal de comunicación.
—No tienes autoridad aquí —escupió Rourke.
Lo miré por primera vez de frente.
—Tú apostaste a que no la tendría.
Maddox no hizo más preguntas en la línea de vuelo.
Señaló a Molina, a dos operadores y a mí.
—Conmigo.
El resto, sellen el hangar.
Nadie sale, nadie toca un terminal, nadie borra nada.
Corrimos hacia la sala de operaciones con los rotores martillando el aire a nuestras espaldas.
Mientras bajábamos el corredor de concreto, Maddox se inclinó lo suficiente para hablar sin que Rourke lo oyera.
—Te dieron por muerta en Sirte.
—Eso necesitaba creer la persona a la que yo estaba cazando.
No preguntó más.
Esa fue una de las razones por las que seguía vivo.
En la sala táctica, el ambiente olía a café recalentado, plástico caliente y ansiedad.
Un muro entero de