el paquete a las 05:13.
Rourke ni siquiera miró el monitor.
—Le pudieron robar la tableta.
Le pudieron clonar el token.
Está improvisando sobre la marcha porque la descubrieron.
Yo llevaba meses esperando esa frase.
Metí la mano en el bolsillo interior del delantal y saqué una pequeña placa negra, del tamaño de una tarjeta de acceso.
—Esto lleva noventa y tres días conectado al rack de planificación, escondido detrás de un panel ciego.
Graba toda inserción física y toda ráfaga de salida en esa estación.
Fecha, serial, consumo, calor, patrón de presión en las teclas.
No necesitaba saber quién eras.
Solo necesitaba que te creyeras más listo que todos los demás una vez más.
Conecté el registrador.
La pantalla cargó una línea temporal.
A las 05:12 aparecía la conexión de una tableta concreta, con serial coincidente con la asignada a Rourke.
A las 05:13, la validación biométrica.
A las 05:14, una ráfaga cifrada saliendo por un módem satelital oculto en el módulo de supervisión.
A las 05:15, el paquete corrupto empujado a dos aeronaves.
Molina soltó una maldición muy baja.
—Eso no prueba que el teniente comandante enviara nada al enemigo —dijo uno de los operadores, todavía aferrado al instinto de negar.
—No —respondí—.
Pero ahora miren esto.
Abrí una carpeta secundaria que había construido pieza a pieza durante meses.
Había mapas de siete misiones fallidas, horarios de modificaciones de último minuto y ráfagas de salida idénticas desde el mismo módulo, siempre minutos antes de que algún vuelo entrara en una zona supuestamente segura.
El patrón era tan limpio que dolía mirarlo.
Maddox se quedó inmóvil.
—¿Cuántas salidas?
—Las suficientes para que dejaran de llamarse mala suerte.
Rourke soltó una risa seca.
—Todo eso son correlaciones.
Una persona cansada puede convertir cualquier coincidencia en una conspiración.
No lo miré.
—Tienes razón.
Por eso pedí también video.
Molina reaccionó antes de que yo terminara la frase.
Se volvió hacia la consola de seguridad y llamó la cámara del cuarto de planeamiento.
La imagen apareció granulada, pero suficiente: 05:11, corredor vacío.
05:12, Rourke entrando solo con su tableta bajo el brazo.
05:16, Rourke saliendo con las mismas botas impecables y una calma obscena en la cara.
La sala quedó fría.
El primer tic verdadero apareció en la mandíbula de Rourke.
Pero todavía no habíamos salvado a los pilotos.
En la frecuencia, Reaper 2-1 respiraba agitado.
—Tenemos bloqueo errático.
El sistema intenta arrastrar el cañón a la izquierda.
Veo destellos en la cornisa oeste.
—No dispares sobre la baliza del fondo —dije—.
Esa firma que te marca en rojo es amiga.
Repito: amiga.
Es un equipo de extracción clavado contra la pared sur.
—¿Cómo demonios…?
—Porque el mismo paquete que te mueve el tiro quiere que mates a los tuyos antes de darte cuenta de la emboscada.
El silencio del piloto duró menos de un latido.
—Copiado.
Rompiendo fijación.
Cambio a cañón manual.
En el monitor, la retícula se soltó del punto falso un instante antes de que una descarga de ametralladora pesada barriera la salida del paso.
Si el piloto hubiera seguido confiando en el sistema, habría contestado fuego sobre la baliza equivocada y después habría quedado expuesto lateralmente.
Eso era lo que Rourke había comprado para ellos: confusión, culpa y ataúdes cerrados.
Maddox ya estaba coordinando refuerzo y evacuación con