ruido.
La misma luz áspera.
Pero yo ya no era un fantasma, y la base tampoco podía fingir que los fantasmas no existen.
A veces son los únicos que están mirando de verdad.
Me subí al transporte que me sacaría de Ravencrest sin despedidas largas.
Antes de cerrar la puerta, miré una vez más la línea de vuelo.
Vi a Ramírez discutiendo con otro mecánico frente a un panel abierto, vi a Molina revisando credenciales con una dureza nueva, vi a Maddox detenerse para escuchar a un cabo antes de firmar nada.
Pequeñas cosas.
Cosas que no caben en un comunicado, pero quizá sí evitan otra tumba.
El tatuaje en mi espalda seguía donde siempre había estado: una geometría mínima, casi nada a simple vista.
Sin embargo, no fue la tinta lo que derribó a Rourke.
Fue lo que él nunca supo medir.
La paciencia.
El detalle.
La evidencia.
Y la costumbre letal de subestimar a la persona equivocada.
Hay traiciones que se disfrazan tan bien que hasta el día en que caen parecen accidentes.
Y hay lealtades que llegan cubiertas de polvo, grasa y silencio, tan discretas que casi nadie las aplaude.
Tal vez por eso lo más inquietante no fue descubrir al traidor.
Fue aceptar cuántas veces preferimos creerle al uniforme impecable antes que a las manos sucias que llevan años manteniéndonos vivos.